BREVE INTRODUCCIÓN AL TEMA
El sistema filosófico de Epíkouros puede resumirse esquemáticamente del siguiente modo: todo el universo está compuesto de innumerables corpúsculos indivisibles llamados “átomos”, los cuales se mueven incesante e imprevisiblemente en un espacio infinito (por esto se producen constantes intercolisiones atómicas que hacen posibles enlaces y desenlaces entre las partículas, disponiéndose -con más o menos duración- diversas composiciones específicas). Incluso lo psíquico está conformado por ellos. Por otra parte, lo que denominamos “vida” es un fenómeno de tiempo acotado y sólo tiene lugar en ciertos conjuntos de partículas en los que se entremezclan sutilísimos átomos que conforman –bajo específicas leyes naturales- los organismos sensibles; entre tanto, la muerte no es sino la insensible disipación del núcleo que integran los corpúsculos psíquicos (los que, en efecto, hacen posible la percepción sensible), su dispersión en dirección al exterior del conjunto, lo que provoca el término de la sensibilidad que identifica al cuerpo individual del respectivo ser vivo. La vida es, por consiguiente, un suceso indefectiblemente finito. Para Epíkouros, entonces, no hay fundamento natural para afirmar la posible eternidad de un alma independiente del corruptible organismo.
El fin principal de la conducta de todos los seres vivos es un estado de básica satisfacción que equivale psicológicamente al “placer”, lo que indica una transitoria sensación que aparece desprovista de dolor y carente de cualquier forma de turbación afectiva. Toca disfrutar la vida mientras transcurre. El hombre sabio, modelo del más sano y feliz comportamiento, vive con serenidad, puesto que ya se ha liberado de las típicas supersticiones humanas: el temor a los dioses, el miedo a la muerte y la desesperación con respecto al dolor. De gran ayuda es, en este sentido, la investigación física, orientada siempre a conocer los límites de la propia naturaleza. Por otro lado, la sensatez y la autosuficiencia del sabio le evitan el sometimiento a las usuales y vanas preocupaciones que crean las enfermizas fantasías de poder (de su mente se erradican, en consecuencia: la pasión desesperada, el afán de posesiones y el ansia de fama).
La ética epicúrea era, además, bastante menos egoísta que lo que suele asociarse a ella. Por cierto, aun cuando se basa en la sensación de placer; la doctrina coincide en la valoración de las virtudes tradicionales de la cultura helénica, especialmente, de la moderación y de la justicia, las que se conciben como ingredientes indispensables del más placentero modo de vivir. También se destacó Epíkouros por ser un filósofo que realzó la amistad y su estrechísima relación con la filosofía. Él mismo y sus discípulos la cultivaron, de tal modo que las comunidades hedonistas llegaron a ser célebres por el afecto que vinculaba a sus integrantes (tanto al maestro como a sus discípulos). Por cierto, en las teorías de otras escuelas filosóficas antiguas, la amistad jugó un papel importante, pero hay algunos rasgos característicos que particularmente se desarrollaron en la colectividad del Jardín. Así pues, en la Academia platónica o en el Liceo aristotélico no se admitió sino a varones con calidad de ciudadanos, vinculando necesariamente la amistad con la política. En cambio, en los círculos epicúreos la amistad era accesible a los esclavos, a las integrantes de la familia, e incluso a las cortesanas. Se trataba, justamente, de un motivo universal que no excluía a nadie por anticipado, pero que requería un fiel cuidado y una sólida confianza.
Cabe destacar que en suma, la amistad, según las escuelas filosóficas anteriores al epicureísmo, fue sobre todo un medio para alcanzar la sabiduría. En contraste con esa idea, el vínculo amistoso es, para el sabio hedonista de Sámos, un auténtico fin en sí mismo, una virtuosa práctica inseparable de la sabiduría.
El sistema filosófico de Epíkouros puede resumirse esquemáticamente del siguiente modo: todo el universo está compuesto de innumerables corpúsculos indivisibles llamados “átomos”, los cuales se mueven incesante e imprevisiblemente en un espacio infinito (por esto se producen constantes intercolisiones atómicas que hacen posibles enlaces y desenlaces entre las partículas, disponiéndose -con más o menos duración- diversas composiciones específicas). Incluso lo psíquico está conformado por ellos. Por otra parte, lo que denominamos “vida” es un fenómeno de tiempo acotado y sólo tiene lugar en ciertos conjuntos de partículas en los que se entremezclan sutilísimos átomos que conforman –bajo específicas leyes naturales- los organismos sensibles; entre tanto, la muerte no es sino la insensible disipación del núcleo que integran los corpúsculos psíquicos (los que, en efecto, hacen posible la percepción sensible), su dispersión en dirección al exterior del conjunto, lo que provoca el término de la sensibilidad que identifica al cuerpo individual del respectivo ser vivo. La vida es, por consiguiente, un suceso indefectiblemente finito. Para Epíkouros, entonces, no hay fundamento natural para afirmar la posible eternidad de un alma independiente del corruptible organismo.
El fin principal de la conducta de todos los seres vivos es un estado de básica satisfacción que equivale psicológicamente al “placer”, lo que indica una transitoria sensación que aparece desprovista de dolor y carente de cualquier forma de turbación afectiva. Toca disfrutar la vida mientras transcurre. El hombre sabio, modelo del más sano y feliz comportamiento, vive con serenidad, puesto que ya se ha liberado de las típicas supersticiones humanas: el temor a los dioses, el miedo a la muerte y la desesperación con respecto al dolor. De gran ayuda es, en este sentido, la investigación física, orientada siempre a conocer los límites de la propia naturaleza. Por otro lado, la sensatez y la autosuficiencia del sabio le evitan el sometimiento a las usuales y vanas preocupaciones que crean las enfermizas fantasías de poder (de su mente se erradican, en consecuencia: la pasión desesperada, el afán de posesiones y el ansia de fama).
La ética epicúrea era, además, bastante menos egoísta que lo que suele asociarse a ella. Por cierto, aun cuando se basa en la sensación de placer; la doctrina coincide en la valoración de las virtudes tradicionales de la cultura helénica, especialmente, de la moderación y de la justicia, las que se conciben como ingredientes indispensables del más placentero modo de vivir. También se destacó Epíkouros por ser un filósofo que realzó la amistad y su estrechísima relación con la filosofía. Él mismo y sus discípulos la cultivaron, de tal modo que las comunidades hedonistas llegaron a ser célebres por el afecto que vinculaba a sus integrantes (tanto al maestro como a sus discípulos). Por cierto, en las teorías de otras escuelas filosóficas antiguas, la amistad jugó un papel importante, pero hay algunos rasgos característicos que particularmente se desarrollaron en la colectividad del Jardín. Así pues, en la Academia platónica o en el Liceo aristotélico no se admitió sino a varones con calidad de ciudadanos, vinculando necesariamente la amistad con la política. En cambio, en los círculos epicúreos la amistad era accesible a los esclavos, a las integrantes de la familia, e incluso a las cortesanas. Se trataba, justamente, de un motivo universal que no excluía a nadie por anticipado, pero que requería un fiel cuidado y una sólida confianza.
Cabe destacar que en suma, la amistad, según las escuelas filosóficas anteriores al epicureísmo, fue sobre todo un medio para alcanzar la sabiduría. En contraste con esa idea, el vínculo amistoso es, para el sabio hedonista de Sámos, un auténtico fin en sí mismo, una virtuosa práctica inseparable de la sabiduría.
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on 29 marzo 2009
at 12:18
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